Diez años después de su asesinato, la Junta Departamental recordó a David Fremd y condenó antisemitismo

10/Mar/2026

Con material de El Telégrafo

 

 

En una sesión especial cargada de emotividad, la Junta Departamental de Paysandú homenajeó a David Fremd al cumplirse una década del ataque antisemita que le costó la vida. El acto contó con la presencia del intendente Nicolás Olivera, familiares, referentes políticos y de José Ramón Soca, el ciudadano que detuvo al agresor tras el crimen. Transcribimos también las palabras de la actriz Mónica Guilleminot.

 

La oratoria inició con la profesora Rossana Migliónico, quien destacó que “David era simple y completamente uno de nosotros” y reivindicó la identidad de una ciudad que rechaza el fanatismo. Por su parte, el edil David Helguera advirtió que la sesión debe ser un compromiso contra los discursos de odio, afirmando que “el peligro sigue latente, está ahí”.

 

Durante la jornada, los ediles Rosana Pereira y Alejandro Colacce enfatizaron la necesidad de defender la convivencia democrática. Pereira sostuvo que “en nuestra sociedad no hay lugar para el antisemitismo”, mientras que Colacce agradeció a Soca por su valentía y reclamó que el homenaje sea un compromiso real: “que esta sesión no sea solo un acto formal; que sea un compromiso con la memoria, con la convivencia y con el nunca más, pero dicho en serio”, concluyó.

 

Palabras de la actriz Mónica Guilleminot

 

Palabras para David

 

“Seguramente alguien había calumniado a Josef K., puesto que sin haber hecho nada malo fueron a arrestarlo una mañana”. Así inicia una de sus más famosas novelas el escritor Franz Kafka, El proceso.

A veces mis alumnos, aun sabiendo que no la hallarán, leen la novela buscando la verdadera causa para que un hombre bueno, completamente inocente, en el último capítulo, muera en una cantera abandonada, acuchillado «como un perro» por parte de dos verdugos que, en representación de un sistema ajeno a todos los valores del estado de derecho en el que vive —dicho esto expresamente por el narrador en las primeras líneas—, pueda arrogarse el derecho de cortar una vida, sin que luego pase nada…

 

Por eso la novela acota: «era como si la vergüenza hubiera de sobrevivirlo».

 

Ahora que se acaban de cumplir diez años del crimen que nos arrebató a David, agradezco el honor que me han hecho de cederme el uso de la palabra en este honorable recinto, eco de la comunidad de vecinos de Paysandú, los que, en una gran mayoría, recibieron con dolor y con espanto la noticia que corrió en aquel 8 de marzo…

 

Este es un lugar al que en general se convoca para homenajear a figuras e instituciones destacadas por logros de diferente índole. Hoy la razón que nos convoca es diferente: queremos homenajear a David por ser uno más de nosotros.

Uno como tantos de nosotros, con muchos rasgos comunes a lo que ha distinguido desde siempre a Paysandú, uno con ese espíritu de Paysandú tan mentado y que lo honraba siendo un buen ciudadano, un buen padre, buen esposo, buen empresario, buen empleador, buen amigo, buen vecino. Nunca había sido necesario nada más y hasta diría que aún con menos virtudes se podía vivir de forma amena, amigable, fraterna en este lugar.

 

Por haber sido el último puerto ultramarino, Paysandú es sin dudas la ciudad más cosmopolita del país y así nos lo han hecho notar quienes tenían la afición de hojear aquellos tomos impresos de la guía de teléfonos y se encontraban apellidos de los más diversos orígenes. Asimismo, en los alrededores de la ciudad hay hasta colonias de inmigrantes de diversas procedencias y con diferentes culturas.

 

¿Quién podría haber imaginado que, siendo vecinos del paraíso un fanático podría arrebatar la vida de un sanducero por el solo hecho de ser judío?

 

Ese día, lastimosamente, el odio —el más vil de los sentimientos— pudo más que el amor.

 

El amor con que lo trataron los médicos, haciendo lo posible y tratando de hacer lo imposible para mantener esa vida, conteniendo la respiración, alguno de ellos sin poder resistir el llanto, porque ahí estaba David.

 

¿Quién se iba a poner a pensar si era judío, cristiano, qué color de piel tenía, qué votaba, a qué liceo había ido, en qué barrio vivía? ¿Quién iba a pensar en eso? David era simple y completamente uno de nosotros.

 

Minutos antes otro sanducero, José Ramón Soca, en una acción de heroísmo, de amor fraternal, arriesgó su propia vida para detener al asesino. Él ni siquiera sabía quién había sido la víctima, pero al pasar por ahí y ver que alguien huía blandiendo un cuchillo y exaltado, gritando de felicidad por el ataque que había perpetrado, no dudó en salir corriendo y, arriesgando su propia vida, detuvo a Carlos Peralta. Unas palabras atribuidas a Jesús de Nazareth dicen que el amor más grande que uno puede tener es dar la vida por sus amigos. José Soca —reitero— sin saber siquiera quién era la víctima, arriesgó su propia vida.

 

Por algunas horas, a medida que corría la noticia por la ciudad, hubo mucho amor, buenos deseos, plegarias, intenciones… En estos días me ha resultado profundamente conmovedor cómo cada persona con la que hablo de este luctuoso aniversario se acuerda qué estaba haciendo ese 8 de marzo cuando recibió la noticia jamás esperada, que nos llevaría a concluir en el lamento que contiene un verso de César Vallejo en el poema Masa:

 

«¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!».

 

Ese día se nos murió algo muy importante a todos.

 

Murió un Paysandú que muchos de los que están hoy aquí conocieron.

 

El Paysandú cosmopolita que jamás había registrado un hecho de este tipo: ser asesinado por el solo hecho de ser judío, como nunca vimos que alguien tuviera que morir por el solo hecho de ser católico —como vaya si sucede hoy en otras partes del mundo—, o umbandista, menonita, testigo de Jehová, o por hablar y vestir ropas rusas, ser negro, homosexual, o cualquier otro rasgo de identidad que tomemos en cuenta.

 

Y todavía en un crimen de una saña, una crueldad muy pocas veces vista, consecuencia del odio —el más vil e inhumano de los sentimientos—. Un odio que solamente puede albergar el corazón de los fanáticos y que solo puede alentar la ignorancia incapaz de distinguir en las miradas de los seres humanos el alma que habita en cada uno.

 

Han pasado diez años y este próximo jueves 12 se cumplirán también diez años de la multitudinaria marcha del silencio que congregó a los sanduceros a manifestarse en repudio de tan atroz crimen. Personalmente jamás había participado de una marcha así, en la que — créanme los que no hayan estado— solamente se oía el leve y profundo sonido de los pasos sobre el pavimento.

 

Desde el lugar del crimen hasta la Plaza Constitución, concretamente hasta frente a la sede del Poder Judicial, donde, a poco de haber llegado, espontáneamente se comenzó a cantar el himno nacional a capella.

 

Constitución…Justicia…Qué vacías que sonaron en aquel momento aquellas palabras…Quizá hoy también, ya que quien nos mató aquel Paysandú de la convivencia en paz ya está libre…

 

En el imaginario colectivo yo he quedado como la organizadora de aquella marcha, pero no fue tan así. Siempre lo he dicho. Cuando salí de la cochería fúnebre, donde precisamente el único judío que encontré en ese instante fue al querido Mario Fremd, hermano de David, y compartí esos dolorosos momentos con vecinos, amigos, conocidos…nadie se estaba fijando si el resto de los que asistía, y menos aún David, era judío…

 

Era un sanducero, de nosotros. Solo al asesino le interesó y le molestó su identidad judía.

 

Cuando salí, decía, me senté en el auto y en medio de la impotencia y el dolor por haber perdido a una persona que estimaba y de la que conocía su bonhomía, la alegría que lo identificaba, todavía sin poder creer lo que había pasado, creé una página de Facebook: Yo soy David.

 

De inmediato empezó a crecer.

 

Y empezaron a llegar mensajes…muchos mensajes…

 

No volví a mirarlos desde entonces, ni los releí para hoy, como forma de procurar mantenerme fuerte, porque es demasiado doloroso releer las marcas de la herida que abrió aquel hecho en nosotros.

 

Pero algunos de esos mensajes me quedaron indeleblemente grabados en la memoria.

 

La gente escribía con anécdotas de quién había sido David para ellos.Personas del interior del departamento que le estaban tan agradecidas porque cuando empezaban las clases y se multiplicaban los gastos, en una venida a Paysandú para comprar ropa y calzado para sus niños, siempre encontraron en David una mano tendida. Jamás se quedaron sin lo que necesitaban y luego se lo iban pagando como podían.

 

La anécdota de un trabajador que recién había conseguido empleo pero necesitaba un vaquero para todos los días. No tenía dinero ni referencias comerciales, pero David anotó solamente su nombre y cédula y le dijo:“Llevá el pantalón. Cuando puedas me lo vas a pagar”.

 

Un cuidamotos de la esquina —sí, una de esas personas a las que a veces se las califica de “invisibles” porque la mayoría pasa haciendo de cuenta que no está porque sus carencias y problemas incomodan— a esos, David los veía. Todos los días charlaba, se interesaba por cómo estaba y a veces se le aparecía con un almuerzo.

Y una vecina de La Popular me contó cómo a veces golpeaba la puerta y se iba, en un juego casi de niño, una especie de ring raje que hacía solamente para divertirse y hacer reír a los otros.

 

Pero también empezaron a llegar mensajes que mostraban la rebeldía que no se podía contener, la necesidad de hacer algo. Había mucha bronca contenida y, como administradora de ese sitio, sentí que era necesario canalizar esa energía antes de que derivara en otra cosa.

 

Así que consulté a dos amigos, muy amigos de David también: Liliám Silvera, entonces directora de Cultura, y Jorge Jesús.

 

Luego hablé con el director de El Telégrafo, Alberto Baccaro, quien se ofreció a donarnos los afiches, que con lo que acordamos junto a Liliám y Jorge, diseñó Andrés Oberti.

 

Y que plasmó lo que pudimos poner en palabras, y suscribo y suscribiré siempre: Todas las personas son respetables. No así las ideas.

 

No son respetables la discriminación, la violencia, la intolerancia ni la incitación al odio.

 

Tampoco la segregación por color de piel, orientación sexual, religión, filosofía, política ni otros.

 

Somos una tierra de paz y convivencia armónica entre todos.

 

Y nos comprometemos a trabajar desde el lugar que cada uno de nosotros ocupa para que nunca más se repitan este tipo de hechos.

 

Además de la palabra PAZ en diversos idiomas, el centro estaba ocupado por la frase: CONVIVENCIA EN PAZ.

 

Elegimos la palabra convivencia, vivir con, y descartamos tolerancia.

 

Siempre me ha parecido que tolerar implica soportar, padecer, aceptar con recelo la identidad del otro.

 

Pero veníamos de un mundo en el que la realidad era la convivencia.

 

No éramos la sociedad ideal, por supuesto. Pero convivíamos así. Siendo cada uno como es.

 

Creo que muchos de los miles que estuvimos en esa marcha —y también quienes desde el interior profundo nos decían “no podemos ir, pero estamos con ustedes”— siempre fuimos conscientes de que éramos, como dije, vecinos del paraíso y que ese día habíamos sido expulsados por la irracionalidad, la ceguera, el fanatismo de una sola persona.

 

En esa marcha hubo tanto respeto a la consigna que difundimos en relación a que no adheríamos a religión ni sector político alguno, sino que marcharíamos en silencio, con velas blancas y sin distintivos, que me pasó que, previo a salir, mientras repartía los afiches, un asistente me advirtió que desde la organización se había pedido no llevar nada más que velas blancas… Solo cuando le expliqué que era una consigna para la convivencia en paz y, una vez que lo leyó y lo comprobó, quiso uno. Destaco con esto que no fue una masa irracional, nadie estuvo ahí sin saber exactamente a qué había ido y cómo se iba a comportar.

 

La gente se formó sola, nadie les dijo cómo, pero con todo respeto se encolumnaron y empezaron a compartir la luz de las velas que iban a portar.

 

Y en determinado momento también empezaron a caminar, por su cuenta, cuando era la hora en que se había anunciado que se partiría: nadie dio una orden ni tuvo que decir nada.

 

Los que íbamos en la primera cuadra no teníamos noción de hasta dónde se extendía la fila.

 

Luego supimos que algunos habían quedado con pena porque no habían alcanzado a llegar durante la entonación del himno nacional uruguayo. Así de extensa había sido la marcha.

 

Ni José Soca en su acto de buena gente, ni los miles que marchamos aquel 12 de marzo de 2016 somos judíos. Es más: los integrantes de la colectividad judía aquel sábado a esa hora estaban reunidos con su rabino.

 

Solo quien lo asesinó reparó en ese rasgo de identidad.

 

Para cristianos, agnósticos, para los sanduceros, David era simple y felizmente uno más de nosotros.

 

A medida que pasaron los años se cumplieron otros actos en su memoria, como la colocación de una placa en Avenida España.

 

Y ahora que llegó este número —con esa costumbre que tenemos de considerar más significativas a las cifras redondas— agradezco a quienes han previsto realizar esta sesión y a todos los que respetuosamente están aquí. Porque si dejásemos pasar esto, de alguna manera, como comunidad, seríamos cómplices.

 

Según decía Martin Luther King: «Lo preocupante no es la perversidad de los malvados sino la indiferencia de los buenos».

 

Han pasado diez años…Y yo quiero seguir viviendo en aquel Paysandú que describió Adolfo Mac Ilriach cuando escribió: Ser sanducero, no significa tanto haber nacido aquí o tener en este solar su domicilio, familia, patrimonio, trabajo o descanso.

 

Ser sanducero, no significa tanto transitar por sus calles, integrar las instituciones, operar con los bancos, hablar bien de las industrias y de las fábricas.

 

Ser sanducero, no es tanto llevar libros bajo el brazo, portar la bandera en los desfiles patrios, actuar en los cuadros de la política, pronunciar discursos, laborar en un taller, reunirse en un sindicato, figurar en la plana de los diarios, exhibir el escudo departamental en la oficina o en la sala de recepción. (Y haciendo un inciso con el permiso de Mac Ilriach, ni siquiera es saberse completa la letra del Himno a Paysandú, que tanto nos cuesta recordar a quienes no lo aprendimos desde la escuela).

 

Pero volviendo a las palabras que estoy citando, decía que ser sanducero es todo eso, pero mucho más. Sigo con el texto:

Ser sanducero, es una disposición de ánimo, un estado de espíritu, una posesión del alma, una responsabilidad, un deleite, un enfoque especial de las cosas y de la vida, una satisfacción. Es el “Espíritu de Paysandú”.

 

No se pregunta domicilio, ni procedencia, ni riqueza.

 

Interesa solo sentirnos hermanos; buscar el mismo nivel, cubriendo —con nuestra solidaridad— el déficit que da el infortunio; o alzando las manos —batiendo palmas— para estar más cerca de quien escaló la cumbre.

 

Ser sanducero es saber comprender al enfermo, al obrero, al desposeído, al débil, al resentido. Es saber señalar el riel a quien se inclina en el terraplén del vicio o del placer.

 

Es la puerta abierta, la mano dada al que llega y el convite a sentarlo a la mesa, como anuncio de nuestra manera de ser, que es la de trabar amistad con todos los buenos.

 

Queremos partir el mismo pan y entendernos en la mirada, con la misma alegría de vivir.

 

Por eso, andamos los sanduceros, hombro con hombro y corazón con corazón, repechando la misma cuesta. A nuestras espaldas una tradición gloriosa y nuestra frente sabe del surco del trabajo y de la luz de la honradez, de la moral y la familiaridad.

 

Eso es Paysandú: una caravana en marcha, un paso triunfal, un canto a la vida, una armonía del espíritu, un reconocimiento a Dios.

 

Han pasado diez años.

 

Y sí: sobrevivió la vergüenza, como en la novela de Kafka.

 

Vergüenza que se traduce en dolor, dolor porque una vida pueda ser arrebatada por la identidad de una persona.

 

Pero también sobrevivieron, sobreviven otras cosas

 

Sobrevive la memoria.

 

Sobrevive la dignidad de una ciudad.

 

Sobrevive la decisión de decir que Paysandú es otra cosa.

 

Si mantener ese espíritu ha costado una vida —la vida de nuestro querido David Fremd Wulf—… que al menos haya costado una sola.

 

Muchas gracias.